sábado, 19 de agosto de 2017

La Guerra de las Estatuas


El lector atento habrá notado lo caldeadas que están las cosas en el corazón del Imperio. Las noticias ya no son lo que eran, claro, y en este mundo de presstitutes y de infotainment es difícil separar la paja del trigo. Pero lo cierto es que se advierten signos de un profundo malestar en la sociedad estadounidense. Los chicos tienen ganas de agarrarse a los bifes de una vez, y hacen lo que aprendieron en la tele que el gobierno de su país hace en el resto del planeta. Ahora viene la fase de tirar monumentos históricos de plazas y espacios públicos. mañana vaya uno a saber qué. La nota que sigue es de Patrick Buchanan para Townhall.com. Pero antes de leerla, no se pierdan el videíto que aparece en: https://www.usatoday.com/story/news/2017/08/16/new-protests-debate-erupt-over-calls-remove-confederate-monuments-and-symbols/572136001/


Título: Pat Buchanan Asks "In This Second American Civil War - Whose Side Are You On?"

Texto: "They had found a leader, Robert E. Lee -- and what a leader! ... No military leader since Napoleon has aroused such enthusiastic devotion among troops as did Lee when he reviewed them on his horse Traveller." So wrote Samuel Eliot Morison in his magisterial "The Oxford History of the American People" in 1965.

First in his class at West Point, hero of the Mexican War, Lee was the man to whom President Lincoln turned to lead his army. But when Virginia seceded, Lee would not lift up his sword against his own people, and chose to defend his home state rather than wage war upon her.

This veneration of Lee, wrote Richard Weaver, "appears in the saying attributed to a Confederate soldier, 'The rest of us may have ... descended from monkeys, but it took a God to make Marse Robert.'"

Growing up after World War II, this was accepted history.

Yet, on the militant left today, the name Lee evokes raw hatred and howls of "racist and traitor." A clamor has arisen to have all statues of him and all Confederate soldiers and statesmen pulled down from their pedestals and put in museums or tossed onto trash piles.

What has changed since 1965?

It is not history. There have been no great new discoveries about Lee.

What has changed is America herself. She is not the same country. We have passed through a great social, cultural and moral revolution that has left us irretrievably divided on separate shores.

And the politicians are in panic.

Two years ago, Virginia Gov. Terry McAuliffe called the giant statues of Lee and "Stonewall" Jackson on Richmond's Monument Avenue "parts of our heritage."

After Charlottesville, New York-born-and-bred McAuliffe, entertaining higher ambitions, went full scalawag, demanding the statues be pulled down as "flashpoints for hatred, division, and violence."

Who hates the statues, Terry? Who's going to cause the violence?

Answer: The Democratic left whom Terry must now appease.

McAuliffe is echoed by Lt. Gov. Ralph Northam, the Democratic candidate in November to succeed McAuliffe. GOP nominee Ed Gillespie wants Monument Avenue left alone.

The election is the place to decide this, but the left will not wait.

In Durham, North Carolina, our Taliban smashed the statue of a Confederate soldier. Near the entrance of Duke University Chapel, a statue of Lee has been defaced, the nose broken off.

Wednesday at dawn, Baltimore carried out a cultural cleansing by taking down statues of Lee and Maryland Chief Justice Roger Taney who wrote the Dred Scott decision and opposed Lincoln's suspension of the right of habeas corpus.

Like ISIS, which smashed the storied ruins of Palmyra, and the al-Qaida rebels who ravaged the fabled Saharan city of Timbuktu, the new barbarism has come to America. This is going to become a blazing issue, not only between but within the parties.

For there are 10 Confederates in Statuary Hall in the Capitol, among them Lee, Georgia's Alexander Stephens, vice president to Jefferson Davis, and Davis himself. The Black Caucus wants them gone.

Mount Rushmore-sized carvings of Lee, Jackson and Davis are on Stone Mountain, Georgia. Are they to be blasted off?

There are countless universities, colleges and high schools like Washington & Lee named for Confederate statesmen and soldiers. Across the Potomac from D.C. are Jefferson Davis Highway and Leesburg Pike to Leesburg itself, 25 miles north. Are all highways, streets, towns and counties named for Confederates to be renamed? What about Fort Bragg?

On every Civil War battlefield, there are monuments to the Southern fallen. Gettysburg has hundreds of memorials, statues and markers. But if, as the left insists we accept, the Confederates were traitors trying to tear America apart to preserve an evil system, upon what ground do Democrats stand to resist the radical left's demands?

What do we do with those battlefields where Confederates were victorious: Bull Run, Fredericksburg, Chancellorsville?

"Where does this all end?" President Trump asked.

It doesn't.

Not until America's histories and biographies are burned and new texts written to Nazify Lee, Jackson, Davis and all the rest, will a newly indoctrinated generation of Americans accede to this demand to tear down and destroy what their fathers cherished.

And once all the Confederates are gone, one must begin with the explorers, and then the slave owners like Presidents Washington, Jefferson and Madison, who seceded from slave-free Britain. White supremacists all.

Andrew Jackson, Henry Clay of Kentucky and John Calhoun must swiftly follow.

Then there are all those segregationists. From 1865 to 1965, virtually all of the great Southern senators were white supremacists.

In the first half of the 20th century, Woodrow Wilson and FDR carried all 11 states of a rigidly segregationist South all six times they ran, and FDR rewarded Dixie by putting a Klansman on the Supreme Court.

While easy for Republicans to wash their hands of such odious elements as Nazis in Charlottesville, will they take up the defense of the monuments and statues that have defined our history, or capitulate to the icon-smashers?

In this Second American Civil War, whose side are you on?

viernes, 18 de agosto de 2017

Los godos


El reciente atentado terrorista en Barcelona puede ser visto desde muchos ángulos. Uno de ellos es el de la propia Europa, su historia, cultura y valores. Un artículo de hace dos años abría un debate por ahora inconcluso: el de la supuesta multiculturalidad y sus facetas. La nota es de Arturo Pérez-Reverte (foto) y apareció hace dos años, en Septiembre de 2017 en el sitio XLSemanal. A ver si les gusta:


Título: Los godos del emperador Valente

Texto: En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar. 

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.  

El enemigo interior


El atentado de anoche en Barcelona (foto) y Cambrils, España, es el octavo que se realiza con la misma metodología: un camión, camioneta o furgoneta arremete a toda velocidad contra transeúntes, preferentemente en calles peatonales llenas de gente. Así recuerda los sucesos el diario español El País:


Título: Ocho atentados con atropello en Europa en el último año

Subtítulo: España, Francia, Alemania, Reino Unido y Suecia han sufrido ataques terroristas contra peatones desde el verano pasado

Texto: Además de Barcelona, Niza, Estocolmo, Berlín, París y Londres (en tres ocasiones) han sufrido en el último año atentados terroristas en los que el conductor de un vehículo arrolló a los viandantes. Desde el 14 de julio de 2016 en Niza hasta el pasado 9 de agosto en París estos son, en orden cronológico, los atentados ocurridos en suelo europeo con este procedimiento:


París: embestida contra militares

Seis militares que formaban parte de la operación antiterrorista Sentinelle resultaron heridos el pasado 9 de agosto cuando un BMW negro embistió contra ellos en el municipio de Levallois-Perret, a seis kilómetros del centro de París. Aunque el acto no recibió la calificación de "terrorista", el ministro del Interior, Gérard Collomb, lo definió como "deliberado" y su investigación recayó en la sección antiterrorista de la Fiscalía de París. El conductor, Hamou Benlatreche, es un hombre de nacionalidad argelina en residente legal en Francia y sin antecedentes policiales ni judiciales.


Londres: atentado islamófobo 

El 19 de junio, un hombre galés de 47 años, Darren Osorne, embistió con su coche a un grupo de musulmanes que regresaban del rezo de medianoche del ramadán cerca de la mezquita de Finsbury Park, en el norte de Londres. Nueve personas resultaron heridas tras el atentado y un hombre murió en el acto, aunque la Policía no precisó si había fallecido a causa del choque o como resultado de un desvanecimiento que había sufrido antes del atropello. El imam de la mezquita evitó que una multitud enfurecida agrediera al atacante. "Ya he hecho lo que tenía que hacer", declaró el asaltante tras perpetrar el asalto.


Londres: atropello masivo junto al Puente de Londres

En la noche del pasado 3 de junio, una furgoneta arrolló a una veintena de peatones junto al Puente de Londres. Tras el atropello, los tres ocupantes continuaron circulando hasta el cercano mercado gastronómico de Borough, descendieron del vehículo y apuñalaron a varias personas. La policía los abatió. El atentado se saldó con ocho muertos, entre ellos un español, y más de 40 heridos.


Estocolmo: un camión atropella a una multitud

Cuatro personas murieron y otras 15 resultaron heridas el pasado 7 de abril cuando un camión atropelló a la multitud en Estocolmo, en la calle Drottninggatan, una zona peatonal y una de las arterias comerciales de la capital sueca. El primer ministro de Suecia, Stefan Löfven, señaló que todo apuntaba a que se trataba de un "ataque terrorista".


Londres: ataque junto al Parlamento británico

Un terrorista sembró el pánico en las inmediaciones del Parlamento de Reino Unido el pasado 22 de marzo, cuando atropelló con un todoterreno a numerosos transeúntes en el puente de Westminster. Después de empotrar el vehículo en una verja, atacó con un cuchillo a los agentes que vigilaban el acceso a la Cámara británica. Cuatro personas murieron en el ataque y una quinta falleció después como consecuencia de las heridas que sufrió al caer en el Támesis.

El agresor, identificado como Khalid Masood —cuyo nombre era Adrian Russell Ajao antes de convertirse al Islam—, era de nacionalidad británica y fue abatido por la policía cuando intentaba entrar en el Parlamento. También en este caso, el ISIS asumió la autoría del atentado.


Berlín: un hombre mata a 12 personas con un camión en Berlín

Un camión irrumpió en un mercado navideño el pasado 19 de diciembre y dejó 12 muertos y 48 heridos, en un ataque cuya autoría fue asumida por el Estado Islámico. El atacante, el tunecino Anis Amri, fue abatido cuatro días después por la policía italiana en Milán. Ya había estado encarcelado durante cuatro años en el país transalpino y tenía una orden de expulsión a Túnez.

El camión utilizado para atentar había sido robado a un camionero polaco —quien fue asesinado por Amri y se convirtió en la duodécima víctima del ataque— y gracias a un sistema de frenado automático no causó más víctimas. Hacía tiempo que los servicios de inteligencia alemanes temían que los mercadillos navideños fueran objetivo yihadista.


Niza: 85 personas mueren arrolladas por un camión

El año pasado fallecieron 85 personas al ser arrolladas por un camión en el paseo de los Ingleses de Niza durante los festejos del 14 de julio, el día de la fiesta nacional francesa. El atacante, Mohamed Lahouaiej Bouhlel, quien fue abatido por la policía, era un ciudadano tunecino con residencia en Francia que había alquilado días antes el vehículo con el cual atropelló a gran velocidad y a lo largo de casi dos kilómetros a grupos de congregados para ver los fuegos artificiales, dejando un reguero de muerte y de escenas de pánico a su paso. El autodenominado Estado Islámico (ISIS) asumió la autoría del atentado. El ministro francés del Interior, Bernard Cazeneuve, declaró entonces que Lahouaiej Bouhle parecía haberse radicalizado "muy rápidamente", según la información proporcionada por personas "de su entorno".


***


Por su parte, Lluis Uría, del diario español La Vanguardia, intenta una reflexión:

Título: El desafío interior

Texto: ¿Cuándo empezó todo? ¿En qué momento el atropello se convirtió en un arma de guerra? Si se piensa en Europa –porque en Israel los palestinos ya lo habían practicado– lo que espontáneamente viene a la mente es el atentado de Niza del 14 de julio del año pasado. La noche de ese día, el tunecino Mohamed Lahouaiez-Bouhlel se montó en un camión y arrolló a la multitud que se congregaba en el paseo de los Ingleses a la espera de ver los fuegos artificiales con motivo de la fiesta nacional: mató a 86 personas e hirió a más de 300. El impacto, como era de esperar, fue enorme.

Pero si el de Niza fue –ha sido hasta ahora– el atentado por atropello más grave que ha habido, no fue el primero. Hace dos años y medio, el 21 de diciembre del 2014 otro hombre de origen magrebí y al ­grito de “Alahu Akbar” (Dios es el más grande) se lanzó con un coche contra los peatones de una calle comercial de Dijon (Borgoña) y hirió a 13 personas. No hubo ninguna víctima mortal, a diferencia de lo que sucedió al día siguiente en Nantes (Bretaña), donde otro individuo –desequilibrado y alcohólico– atacó a la gente congregada en el tradicional mercadillo de Navidad, donde mató a una persona e hirió a otra decena.

La concatenación de ambos sucesos hubiera sido suficiente para desatar la alarma entre la población pero rápidamente las autoridades descartaron cualquier móvil terrorista en ambos casos. ¿Interesadamente? El autor del atropello de Dijon fue declarado culpable por la justicia, que atribuyó su acción a los graves problemas psiquiátricos que padecía desde hacía años, para indignación de las víctimas, y lo internó en un centro especializado. Pero que estuviera perturbado en sus facultades mentales no oculta que su acción fue deliberada y estuvo teñida de un vago fanatismo religioso. ¿No están perturbados también de algún modo todos los demás autores de semejantes salvajadas, islamistas o no?

Tras Dijon y Niza vinieron –como es sabido– el mercadillo navideño de Breitscheidplatz en Berlín (diciembre del 2016), con 12 muertos; el puente de Westminster en Londres (en marzo pasado), con cinco víctimas mortales; una calle comercial de Estocolmo (en abril), con cuatro fallecidos, y otra vez la capital británica, en este caso en el puente de Londres (en junio), con un balance de 11 muertos. Es manifiestamente obvio que se trata de una estrategia deliberada y así lo confirman las publicaciones oficiales del Estado Islámico, que cuanto más acorralado se siente en Siria e Irak, más peligrosamente amenaza con revolverse con atentados terroristas en Europa y Estados Unidos. Alquilar un vehículo y lanzarse contra la multitud no necesita grandes preparativos ni una calculada organización –como sí precisaron los atentados múltiples perpetrados en París en noviembre del 2015, en la sala Bataclan y otros lugares–, es muy fácil de llevar a cabo y muchísimo más difícil de detectar por las fuerzas policiales antiterroristas. Sólo hace falta un individuo enajenado dispuesto a matar.

Pero los atropellamientos, quizá más que otro tipo de atentados –más refinados o selectivos–, tienen un valor añadido para sus ins­tigadores: difunden el miedo y la desconfianza como una epidemia. Y eso es justamente, y ninguna otra cosa, lo que pretenden las mentes criminales del Estado Islámico y toda la constelación de organi­zaciones yihadistas. Incapaces de desequilibrar a las democracias occidentales por la fuerza de las armas, lo que buscan deliberadamente es sembrar la división, difundir la sospecha y la discordia, crear una fractura insalvable entre la población musulmana –muy importante en sociedades como la francesa, la británica o la alemana, y cada vez más en la española, particularmente en la catalana– y el resto, y alentar una confrontación civil.

Podría parecer una pretensión ilusoria pero, en el fondo, no hay nada más fácil que atizar los instintos tribales de las personas. Y la religión –o la patria– son factores elementales de división: a este lado de la línea nosotros, al otro vosotros. Los terroristas tienen en general un perfil muy parecido: son personas descarriadas, en algunos casos marginales o vinculadas a la delincuencia común, gente sin futuro convencida de que no tiene nada que perder –ni que ganar– y que encuentra en el islamismo un ­sentido a su desnortada vida. Pero eso no lo explica todo. Porque, por equivocados y manipulados que estén, encuentran su justificación y su bandera en una religión que tiene vocación hegemónica y excluyente. Y eso le confiere un rasgo particularmente amenazador. La mayor parte de los autores de los atentados son además nacidos en Europa, lo que afianza la idea en las opiniones públicas de la existencia de un enemigo interior.

Que la estrategia de los yihadistas ha empezado a dar fruto lo demuestra el eco creciente que tienen en Europa y EE.UU. las ideas xe­nófobas e islamófobas –asumidas parcialmente incluso por los propios partidos institucionales– y el incremento del respaldo electoral de las fuerzas políticas populistas y de ultraderecha. El penúltimo tuit emitido anoche por Donald Trump –en él siempre es el penúltimo– sugiriendo que la manera de acabar con el terrorismo islamista es disparar a los yihadistas con balas embadurnadas con sangre de cerdo seguro que hizo las delicias del estado mayor del Estado Islámico.

jueves, 17 de agosto de 2017

Reflexiones sobre Charlottesville


Seguimos leyendo notas sobre el significado de los sucesos en Charlottesville (Virginia) días atrás. La que sigue nos interesó particularmente. Fue escrita por J.G. Jatras para el sitio web Strategic Culture Foundation:


Título: Death of a Nation

Texto: Every living nation needs symbols. They tell us who we are as one people, in what we believe, and on what basis we organize our common life.

This fact seems to be very clear to the current leadership in Russia, particularly to President Vladimir Putin, in restoring and reunifying a country rent by three generations of Red and White enmity to achieve a national synthesis. With regard to things spiritual, this meant first of all the world-historic reunification of the Russian Orthodox Church, between the Moscow Patriarchate and the New York-based Russian Orthodox Church Outside of Russia. It also meant the rebuilding of the Cathedral of Christ the Savior dynamited by the communists 1931, not coincidentally the recent target for desecration by degenerates hailed by western «democracy» advocates.

Civic and military symbols matter as well. After 1991 there were those who wanted landmarks of the communist era to be ruthlessly expunged the way the Bolsheviks had themselves sought (in Solzhenitsyn’s description) to rub off the age-old face of Russia and to replace it with a new, ersatz Soviet image. Instead, wisdom prevailed. The national anthem adopted in 2001 retains the Soviet melody but with new lyrics (written by Sergey Mikhalkov, who with Gabriel El-Registan had penned the original lyrics in 1944!) – Lenin and Stalin are out, God is in. The old capital is again Saint Petersburg, but the surrounding district still bears the name Leningrad. The red star marks Russia’s military aircraft and vehicles, while the blue Saint Andrew’s cross flies over the fleet. The red stars likewise are still atop the Kremlin towers while the Smolensk icon of Christ once again graces the Savior Gate. The red banner that was hoisted triumphantly on the Reichstag in 1945 is carried on Victory Day. The remains of exiled White commanders like Anton Denikin and Vladimir Kappel were repatriated and reburied at home with honor.

I may be wrong, but I would like to think that perhaps Russia took a lesson from what until recently had been the American example. In his Second Inaugural Address in March 1865, as the «brothers’ war« was drawing to a close, Abraham Lincoln spoke of the need to «bind up the nation’s wounds». In striving to do so, nothing was more important than our honoring the heroes of both the Blue and the Gray, perhaps most poignantly demonstrated decades later in the veterans’ reunions at Gettysburg. «Unconditional Surrender» Grant and «Marse Bobby» Lee, «Uncle Billy» Sherman and «Stonewall» Jackson, naval legends David «Damn the torpedoes» Farragut and Raphael «Nelson of the Confederacy» Semmes, cavalrymen «Fightin’ Phil» Sheridan and J.E.B. Stuart, and many, many others – these names belong to all of us. As Americans.

To say this is not to avoid the centrality of slavery in the southerners’ attempted secession or to address the constitutional question of whether they were legally entitled to do so. (Maybe California will have better luck heading for the exit. ¡Adios, amigos!) Nor does it sugarcoat white southerners’ perception of Reconstruction as a hostile, armed occupation or of the institution of Jim Crow racial segregation after federal troops were withdrawn and the Democratic Party assumed power. But the fact is that the mythos of North-South reconciliation in a reunited American nation was a foundation of our becoming an economic giant by the late 19th century, a world power at the beginning of the 20th (at the expense of the decrepit Spanish empire, with the celebrated military participation of former Confederates), and a dominant power after two victorious world wars.

That America may soon be gone with the wind. The violence at Charlottesville, the pulling down of a Confederate memorial by a mob in Durham, the removal of four monuments from Baltimore (which has one of America’s highest homicide rates) under the cowardly cloak of night, and calls for getting rid of many more are simultaneously the death throes of the old America built on one national concept and the birth pangs of a new, borderless, multiethnic, multilingual, multireligious, multisexual, ahistorical, fake «America» now aborning in violence and lawlessness.

He who says A must say B. When one accepts demonization of part of our history and placing those who defend it beyond the pale of legitimate discourse, one should hardly be surprised when the arrogant fury of the victors is unleashed. That takes two forms: the nihilist street thugs of «Antifa» and «Black Lives Matter», and the authorities (both governmental and media, a/k/a the Swamp) who confer on them immunity for violent, criminal behavior. The former are the shock troops of the latter.

They’ve been at it for months, well before Charlottesville, across the country, with nary a peep from the party that supposedly has uniform control over the federal government. Our First Amendment rights as Americans end where a black-clad masked thug chooses to put his (or her or indeterminate «gender») fist or club. To paraphrase U.S. Chief Justice Roger Taney in Dred Scott, loyalists of the old America have no rights which the partisans of the new one are bound to respect. Where’s the Justice Department probe of civil rights violations by this organized, directed brutality? (Or maybe there will be one, including looking into George Soros’s connection. If not, what’s the point of having RICO?)

To be sure, the spectacle of genuine racists on display in Charlottesville provided the perfect pretext for these people, but they’re not the cause. Far from forestalling the violent, revolutionary abolition of the historic America (definitively described by Pat Buchanan) by inciting some kind of white backlash – perhaps in the form of a race war as some of them despicably hope – the «Unite the Right» organizers at Charlottesville have accelerated the revolution. It’s a revolution that dovetails with the anti-constitutional «RussiaGate» coup in progress against President Trump, who is the last hope for preserving the historic American nation. If he is removed (is he the only one, even in his own Administration, fighting back?) and the nice respectable anti-Trump Republican party is restored, they’ll gladly join hands with their Democratic and media Swamp buddies in dragging what remains of America down.

If anyone is tempted to think that the new America will be more peaceful in world affairs, think again. It’s no coincidence that the same forces that want to bring Trump down and also redefine our country’s identity coincide almost entirely with those who want America aggressively to impose «our values« – meaning their values – on the globe. As I put it almost 20 years ago in a somewhat different context, this fake «America» is the vanguard of Rainbow Fascism, at home and abroad.

No doubt the same terrible sense of foreboding, even worse, must have occurred to Russians in 1920, when they saw their country bloodily sacrificed on the altar of a crazed, internationalist ideology. Somehow, after paying an unimaginable price in war and repression, they emerged three quarters of a century later still remembering how (as the late General Aleksandr Lebed put it) «to feel like Russians again».

If we fail to avoid the impending long night, will we Americans be so lucky? 


miércoles, 16 de agosto de 2017

Sancionar a los sancionadores


El parlamento de Irán acaba de aprobar una ley destinada a contrarrestar el acta de sanciones que el parlamento estadounidense aprobó semanas atrás en contra de Rusia, irán y Corea del Norte. Sancionar a los sancionadores, que le dicen. Se nos ocurre que esta medida va a terminar siendo contagiosa. Así lo cuenta Peter Korzun para el sitio web Strategic Culture Foundation:


Título: Iran Challenges US Sanctions Policy

Texto: On August 13, Iranian lawmakers gave initial approval to a legislation, which approves more than half a billion dollars in funding for the country's missile program and foreign operations of the elite Islamic Revolutionary Guards Corps (IRGC) in response to US sanctions.

The bill contains 16 measures that Tehran will take to counteract US hostile acts. According to it, the Iranian administration is obliged to monitor the US government’s anti-Iran measures and counteract them accordingly. The legislation allocates about $260 million each to Iran's ballistic-missile program and the Quds Force, the external branch of the IRGC that is said to be active in Syria and Iraq.

The bill now heads to an oversight committee called the Guardian Council, which is expected to approve it. Abbas Araghchi, a deputy foreign minister and senior nuclear negotiator on hand for the vote, said that President Hassan Rouhani's government would support the bill.

The move comes in retaliation to new US sanctions on Iran over its ballistic-missile program and missile tests. Iranian leaders maintain that the ballistic missile program does not violate the 2015 Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) or the Iran deal. Iranian Parliament Speaker Ali Larijani said that the parliament’s vote is just the first step, adding that if Washington proceeds with its anti-Iran policies, the law will take effect.

President Donald Trump has threatened to pull out from the Iran deal. The JCPOA endorsed by Resolution 2231 is not legally binding. Washington can withdraw any time it wishes. President Trump could unilaterally decide to remove the presidential waivers that have implemented most of the US unilateral sanctions relief. The president could also trigger the snapback procedure stipulated in Resolution 2231 in order to re-apply the now removed UN Security Council sanctions. 

But there is another side of the coin. The Iran nuclear deal is multilateral. It cannot be undone unilaterally. Five other world powers will not join in. With additional US sanctions in place, Iran could get much of what it needs elsewhere. Defying other global powers will make Washington the odd man out while the rest of the world would continue to trade with Iran. It should not be forgotten that American companies also want to make profits as they eye Iran’s market.

There is more to it. The more hostile the US is toward Iran, the stronger become the positions of fundamentalists in Iranian politics.

The administration is piling up pressure on Tehran, despite the fact that it told Congress in July that Iran was complying with the nuclear deal. On July 27, Iran launched its satellite-bearing rocket but insisted it did not violate the nuclear deal. Western nations, however, condemned the launch as a threatening and provocative step. Strictly speaking, it was a violation of the Iran deal’s spirit but not the letter.

On August 3, US President Trump signed into law the Countering America’s Adversaries Through Sanctions Act – the legislation that levies new restrictive measures against Russia, Iran (non-nuclear sanctions over the ballistic missile program and human rights) and North Korea.

Title I of the bill, entitled the Countering Iran’s Destabilizing Activities Act of 2017, imposes new designations and adds several reporting requirements. For example, the bill requires the administration to submit—and update every two years—a «strategy for deterring conventional and asymmetric Iranian activities and threats that directly threaten the United States and key allies in the Middle East, North Africa, and beyond». The bill also requires the president to sanction individuals facilitating Iran’s ballistic missile capabilities.

Pressure can provoke Iran into dropping out of the nuclear deal to pave the way for continuation of the much feared nuclear program. The IAEA inspector teams will not monitor Iran’s facilities anymore.

Meanwhile, the administration is pushing Congress for the authority to build new «temporary» facilities in Iraq and Syria. Its policy statement says the armed forces are hamstrung by legal restrictions on the ability to expand military infrastructure in Syria and Iraq. The Trump administration wants the existing authorities that only cover the «repair and renovation» of facilities extended to also encompass «temporary intermediate staging facilities, ammunition supply points, and assembly areas that have adequate force protection».

President Trump granted US commanders the authority to order attacks in countries with American military presence on January 29 - shortly after taking office. It greatly increases the risk of a conflict provoked by an incident. With tensions running so high, a spark may start a big fire. A military action may be imminent.

There are three possible major scenarios for the military campaign: 

- preventive (one-two weeks) to knock out military and then nuclear targets;

- intermediate (4-6 weeks) to go farther, including the elimination of civil control and all industrial assets; 

- full scale air-land battle with part of territory captured.

In any scenario the initial phase of the attack will be targeted at Iranian military assets, such as ballistic missile sites, anti-access/area denial assets, air defense systems, navy bases and warships in the Persian Gulf and the most important headquarters. With the potential to resist reduced to insignificance, the US Air Force will switch to striking nuclear sites.

The US will start the operation with sea-based cruise missiles and airstrikes delivered by at least two aircraft carriers and strategic bombers to knock out key military infrastructure. Then it will focus on weapon systems and concentration of forces. The air campaign will be supported by intensive drones activities and raids conducted by special operations forces (SOF). As hostilities start, world oil prices will go up.

The American military would use Massive Ordnance Penetrators (MOPs) or deep penetration munitions to knock out nuclear infrastructure elements hardened or hidden in the earth. To carry out this mission, the US will have to use B-2 bombers flying out of Diego Garcia, carrying 30,000-pound GBU-57 MOPs capable of penetrating rock and reinforced concrete to knock out enemy bunker, tunnel and other deep-under-earth installations.

MOPs are not stand-off weapons. US aircraft will have to penetrate Iranian airspace to deliver them to vulnerable targets for Iranian air defenses, especially Russian S-300 air defense systems recently delivered to Iran after international sanctions were lifted.

Iran probably has smaller nuclear sites and missile production facilities that are not known. They could be used as the building-blocks of a reconstructed nuclear and ballistic missile programs. So, the United States would significantly set the programs back but not do away with them. A bombing campaign could merely push the problem a few years back. There is no guarantee the programs will be dead without boots on the ground.

Ground forces will be needed to control the Hormuz Strait shores and exercise control over border areas to prevent Iranian troops from coming to Syria and Iraq. Boots on the ground are also needed to get hold of Khuzestan Province – Iran’s oil producing region populated mainly by Shia Arabs, not Persians. The province borders the northern part of the Gulf and the southern edge of the Iraqi border.

Khuzestan is the economic heart of Iran, which is separated from the rest of the country by the Zagros Mountains – the largest mountain range in Iran. It can be isolated from the rest of Iran, with American forces establishing control of heights and maintaining supremacy in the air. It’s much easier to seize this province than the whole Iran, leaving the country without oil revenues and fuel for military hardware. The province was the prime target of Iraqi forces invading Iran in 1980.

If hostilities start, it would be logical to expect that Iranian Kurdistan will seize the opportunity and try to gain independence. It’s hard to imagine Iraqi Kurds – the US allies – not doing anything about it. Kurds could play the role of ground forces seizing and controlling terrain in the areas adjacent to the Iraqi border. In Afghanistan, Tajik formations also played the role of land forces when US army invaded the country to fight the Taliban in 2001. If US diplomacy is successful, the Persian Gulf monarchies and Egypt will join the battle.

Iran can strike US military in Syria and elsewhere in the Middle East. Its agents and allies may commit acts of terrorism. Tehran has many small military speedboats, midget submarines and anti-ship missiles to target the US Navy forces in the region.

A sustained campaign of pinprick harassment by Iran may turn the conflict into a sustained entanglement. A war of attrition would make the campaign unpopular in the USA.

Finally, the Iranian Navy will try to disrupt the flow of oil through the Strait of Hormuz, to cause shockwaves through the global economy. Iran controls all big islands in the Gulf. Its Navy possesses significant mine laying and anti-ship capability. Mine warfare should feature prominently in this effort. Mines could be laid covertly by submarines. It will do its best to hinder US sea operations by making it engaged in prolonged mine countermeasure operations under the threat coming from Iranian missiles.

Roughly a fifth of the world’s internationally traded oil passes through the strait. An oil prices’ hike would have devastating consequences for the world economy.

An US attack could convince some governments that only a nuclear potential could deter America. It will end the nuclear nonproliferation regime and provoke a wave of proliferation. The risk of a nuclear conflict would increase.

An attack without adoption of UN Security Council resolution will be a flagrant violation of international law as specified by the Treaty on the Non-Proliferation of Nuclear Weapons (NPT), to which Iran (unlike Israel, Pakistan, India and North Korea) is a signatory. Iran abides by the provisions of the treaty.

An intervention will spark a wider scale conflagration that could spread across the Middle East region with Iran’s Shia supporters in Arab countries springing into action. The Islamic State (IS) terrorist group will most certainly seize the opportunity to strengthen its positions.

If the US topples the Iranian government, it will become involved in a nation-building effort. It has failed in Iraq and Afghanistan. The cost will be great. Washington will need other important actors to join in peacebuilding after the guns are silent.

Harsh statements using bellicose rhetoric, exchange of punitive measures and demonstrations of resolve create fertile ground for a conflict. Diplomatic means for a peaceful solution of the crisis over the Iran’s ballistic missile program are far from being exhausted, including international efforts. Moscow is well positioned to act as a mediator.

But a successful military operation could win flag-rally popular support to make President Trump’s approval ratings go up again. Striking Iran will also send a message to North Korea. The United States is sliding into a conflict with a nation that poses no threat to the continental USA. An incident may ignite a big war. Vietnam is a good example. There is still time to ease tensions and he worst from happening.


martes, 15 de agosto de 2017

Otra de inmigrantes


El continente americano se suma a la dinámica migratoria que ya se conoce de sobra en el Viejo Mundo. En este caso se trata de Canadá, que está recibiendo un flujo considerado excesivo de inmigrantes, en este caso mayoritariamente haitianos, exiliados económicos. Así lo cuenta Edurne Concejo para el diario catalán La Vanguardia: 


Título: Canadá, desbordada ante la avalancha de inmigrantes

Subtítulo: Cada día cruzan la frontera con Estados Unidos cerca de 300 personas, la mayoría haitianas

Texto: El gran volumen de inmigrantes que están cruzando la frontera de Estados Unidos está sumiendo a Canadá en un grave problema. Según cifras oficiales, cada día son cerca de 300 los refugiados que cruzan los pasos para pedir asilo, cuando durante la primera quincena de julio, la cifra era de 50 al día.

Las amenazas de Trump han calado hondo en la población inmigrante del país estadounidense y las cifras se están disparando. Entre el 1 y el 7 de agosto se presentaron en un cruce no oficial de Estados Unidos a Quebec 1.798 personas. En todo el 2015 la cifra fue de 2.920 personas.

Para dar cobertura a la crecida de inmigrantes, se han habilitado distintos espacios para acoger, temporalmente, a las personas que llegan. Se han construido campamentos de refugiados improvisados en la frontera en el Estadio Olímpico de Montreal con capacidad para medio millar de personas y en Quebec se han abierto instalaciones como el antiguo Hospital Royal Victoria o un antiguo convento también para este fin.

El Toronto Sun afirmaba que Canadá “está empezando a parecerse más a Europa, invadido por la inmigración masiva y sin poder hacer frente a los problemas que conlleva”.

Pero, ¿A qué se debe este aumento significativo de los inmigrantes que cruzan la frontera canadiense? Fundamentalmente, a las amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Su elección como presidente disparó el temor en la población inmigrante residente en EE.UU. como se pudo comprobar en los colapsos en la web de inmigración de Canadá tras las elecciones, así como a los registros de búsquedas en Internet sobre una posible marcha al país vecino.

Además, la administración Trump está considerando poner fin a un programa que otorgó a los haitianos el llamado “estatus protegido temporal” tras el terremoto que golpeó a Haití en 2010. El colectivo haitiano se está estableciendo con fuerza en Montreal.

Algunos medios nacionales en Canadá están reabriendo el debate sobre qué debería hacer el gobierno para gestionar este incremento tan drástico de refugiados. El Toronto Sun, por ejemplo, sugiere que si Trudeau quiere detener la crisis de la inmigración ilegal, debería recurrir al propio Donald Trump: “Llamaría a Trump y le exigiría que los dos países trabajen juntos para detener el flujo de inmigrantes que entran a Canadá”.

Sin lugar a duda, esta crisis está haciendo temblar los cimientos de una sociedad conocida por su buena acogida a los inmigrantes. Canadá ocupa el tercer lugar en el ranking de países que mejor trato dispensa a los refugiados, solo por detrás de Suecia y Portugal, según el Índice de Política de Integración y Migraciones sobre los países que mejor absorben la inmigración.

La administración canadiense ha elaborado un informe sobre la creciente llegada de refugiados en el que algunos expertos reconocen que esta “capacidad de absorción está disminuyendo”. Esto demuestra, según recoge el texto, que la integración no es un proceso “automático”, sino que requiere trabajo.


Se empiezan a ver problemas de integración y choques culturales

A pesar de ser uno de los países referentes en acogida, muchos índices empiezan a dejar entrever problemas de integración y choques interculturales. Acceso a la vivienda o a la sanidad, diferencias religiosas que incluyen casos de matrimonios forzosos o violencia doméstica... son algunas de las cuestiones que se están complicando la convivencia.

La brecha lingüística también está creciendo, a pesar de contar con un programa específico que ofrece clases gratuitas a los llegados de fuera. 3 de cada 10 personas que se acogen a estas clases son nacidos en Canadá, lo que demuestra que existen fuertes comunidades étnicas que no se relacionan con la comunidad.

Preocupa mucho el autoaislamiento al que se están condenando en algunos lugares. La mayoría de inmigrantes escoge una región con varios miembros de su comunidad para instalarse. De hecho, 2 de cada 3 personas que entran en Canadá se trasladan a Toronto, Montreal o Vancouver.

La percepción de la población está cambiando como demuestra que el 43% de los ciudadanos de segunda generación –los que han nacido en Canadá- de minorías visibles de Canadá están “convencidos de que han sido tratados injustamente”.


El 43% de los inmigrantes de segunda generación reconocen sentirse tratados injustamente

Ante la llegada masiva de inmigrantes que está viviendo el país, el primer ministro de Quebec, Philippe Couillard, ha querido recordar que las personas que llegan a Canadá desde Estados Unidos para pedir refugio están mal informadas sobre sus opciones de obtener asilo. “No podemos negar la esperanza a estas personas, pero se les debe hacer ver la realidad de la situación, especialmente aquellos que siguen en Estados Unidos y pueden estar tentados a hacer lo mismo”.

Esta gente vulnerable está siendo convencida de su admisión como refugiado en Canadá y que aquí en Quebec será simple e incluso automática. No lo es. No hay ninguna garantía que las solicitudes de refugio serán aceptadas”, añadió.


Recuerdan que no hay garantías de lograr el asilo

Desde 2004, Canadá y Estados Unidos tienen en vigor el llamado Acuerdo de País Seguro, por el que los solicitantes de refugio están forzados a realizar su petición en el primer país al que llegan.

El objetivo del acuerdo es evitar que los huidos puedan elegir en qué país solicitan refugio si se encuentran ya en un territorio considerado seguro. Pero el acuerdo tiene un vacío legal: sólo se aplica si el individuo solicita legalmente refugio en los puntos de entrada de Canadá.

Si el peticionario entra ilegalmente en el país, por ejemplo cruzando a pie en un lugar donde no hay un puesto fronterizo, el individuo es detenido primero. Una vez en detención, puede realizar la solicitud de refugio, iniciando un proceso que puede durar meses o años.

Este domingo, el líder del Partido Quebequés, el principal partido de la oposición en Quebec, Jean-Francois Lisee, ha pedido la suspensión de este acuerdo que, según Lisee, permitiría la expulsión inmediata del país de miles de individuos que cruzan ilegalmente a Canadá, lo que según el líder del partido independentista se ha convertido en un “problema de aceptación social”.

lunes, 14 de agosto de 2017

Libia


Algunos indicios sugieren que la sombra de la guerra civil se va alejando de Libia. Uno de los hombres fuertes de ese país, Khalifa Haftar (foto), visita Moscú en busca de alianzas (recuérdese que ya nadie va a Washington a buscar nada). Cuenta la noticia Russia Today:


Título: Libyan strongman Haftar visits Moscow, discusses restoration of statehood & possible military aid

Texto: Prominent Libyan military commander General Khalifa Haftar, who represents one of the major forces in the fractured country, has visited Moscow. He met top Russian officials, including the foreign and defense ministers.

Haftar is a powerful and largely independent figure in the ongoing civil conflict in the country. The veteran Libyan general, who lived for two decades in the United States, played a major role in toppling Muammar Gaddafi’s government in 2011.

At the moment, two factions claiming to be country’s national government are operating in Libya – one is based in Tripoli and the other in Tobruk in the east. Meanwhile, multiple independent and partly independent militias, as well as outright terrorist groups, including Islamic State (IS, formerly ISIS/ISIL) are also vying for power in the war-torn country.

Since 2014, Haftar has commanded the self-styled National Libyan Army, backing the government based in Tobruk and controlling large territories in the east and south of Libya. Despite disagreements with the UN-recognized Tripoli government, Haftar’s resolve to fight terrorism has won him the support of a number of countries, primarily Egypt.

It’s the Libyan strongman's third visit to Russia. His last trip was in November 2016, when he also met the Russian foreign minister, Sergey Lavrov. This time, the officials discussed means to untangle the Libyan crisis, as well as possibilities for cooperation between Russia and Libya.

Haftar stressed the role of the National Libyan Army in the ongoing fight against terrorism, stating that “roughly 90 percent of the country was liberated,” despite the arms trade embargo and “unlimited financial and military support for terrorists.”

Lavrov warned about the constant threat of terrorism in the country and stressed the importance of seeking an inclusive political solution to the crisis.

Unfortunately, the situation in Libya remains complicated, the extremism threat in your motherland is still not overcome. However, we are aware of the steps being undertaken and actively support the tendency… for political reconciliation, full restoration of statehood in your country,” Lavrov said.

In a separate statement, the Russian foreign ministry emphasized the importance of continued dialogue inside Libya involving “all major political forces, tribes and regions.”

It was also confirmed that Russia is ready to provide further assistance in promoting the political process, in contact with all Libyan parties,” the statement said.

The outcome of the talks is very positive. We briefed [Lavrov] on our problems, described the picture in whole. Naturally, Russian side considers how it can participate in the search for the required decisions. We’d be delighted, if Russia continues to participate in this work,” Haftar told journalists after the meeting with Lavrov.

Haftar said that the issue of potential Russian military aid to Libya was also discussed with Lavrov. “Yes, we discussed it [the issue of military aid]. I am sure Russia remains a good friend of ours and will not refuse to help," Haftar told reporters, Sputnik reports.

No further details were released of the potential military aid to Libya.

Russia was one of Libya’s major weapon suppliers. Over the decades prior to the uprising, NATO intervention and toppling of Colonel Gaddafi in 2011, Moscow provided the country with more than 2,000 tanks, 450 artillery weapons, as well as dozens of ships and aircraft.


Following the meeting with Lavrov, Haftar met Russian Defense Minister Sergey Shoigu.


In that meeting, “basic attention was focused on the developments in North Africa with a focus on the situation in Libya,” the Russian defense ministry said in a brief statement, noting that both sides emphasized the importance of continued bilateral dialogue.


domingo, 13 de agosto de 2017

Más signos


Semana tras semana advertimos más signos de descomposición en la sociedad estadounidense. Ayer, un supremacista blanco atropelló con su auto a decenas de manifestantes antirracistas en Charlottesville, una pequeña ciudad del estado de Virginia (foto). Así lo cuenta Joan Faus para el diario español El País


Título: Tres muertos durante la jornada de caos desatada en Charlottesville por una manifestación racista

Subtítulo: Una persona muere después de que un coche embistiese a una multitud de peatones y dos agentes fallecen en un helicóptero que se ha estrellado a las afueras de la ciudad

Texto: El caos se apoderó este sábado de Charlottesville, un tranquilo municipio de 45.000 habitantes en Virginia. La mayor marcha de supremacistas blancos en los últimos años en Estados Unidos derivó en enfrentamientos con contramanifestantes que dejaron un muerto (una mujer de 32 años), al menos 34 heridos y un número indeterminado de arrestados. El fallecimiento se produjo después de que un vehículo arrollase a un grupo de manifestantes de grupos críticos con los supremacistas blancos que caminaban por la calle. Lo hizo "de forma premeditada", según informó la policía.

La policía detuvo por la tarde al conductor del vehículo. Un joven de 20 años, natural de Ohio, identificado como James Alex Fields. Está acusado de varios delitos, entre ellos asesinato. En paralelo, el Gobierno federal ha abierto una investigación sobre una posible violación de derechos civiles en el atropello, es decir que estuviera motivado por una discriminación racial. También por la tarde, un helicóptero de la policía que supervisaba los incidentes se estrelló a 11 kilómetros de Charlottesville y en el siniestro fallecieron dos agentes.

En un recorrido de EL PAÍS al atardecer por el lugar de los hechos, resaltaba el nerviosismo general y la ausencia de transeúntes en la normalmente apacible Charlottesville. Muchas vallas y un sinfín de policías y militares armados y con escudos y máscaras antigás desplegados en las calles vacías, también posicionados en azoteas. "Es muy triste", decía Elke, de 53 años, una residente que paseaba a su perro cerca del Parque de la Emancipación, ahora blindado y donde estalló la violencia por la mañana.

Elke aseguraba que cree en la “libertad de expresión” pero decía sentirse aterrada cuando vio que algunos de los supremacistas blancos iban armados. Y lamentaba, atónita, que se hubiera utilizado un vehículo para atacar a personas, como “ocurre en París o Londres”. El coche del atacante, completamente destrozado, seguía en el lugar de los hechos, rodeado de policías y de un perimetro de seguridad de cinta amarilla. En la calzada donde tuvo lugar el atropello, había muestras de una escena interrumpida: botellas de agua, papeles, hojas de árboles...

El presidente estadounidense, Donald Trump, condenó los sucesos, pero sin señalar la responsabilidad principal de los supremacistas, repartiendo implícitamente las culpas entre ellos y los contramanifestantes: "Condenamos en los términos más enérgicos esta indignante manifestación de intolerancia, odio y violencia en muchos lados", dijo desde sus vacaciones en Nueva Jersey.

Su primera reacción había sido un mensaje en Twitter en el que afirmó: "TODOS debemos estar unidos y condenar todas las posturas de odio. No hay lugar para este tipo de violencia en América. ¡Juntémonos todos a una!". Miembros de su Partido Republicano. como el senador Jeff Flake o la congresista Illeana Ros, a diferencia del presidente, quisieron dejar claro su repudio al supremacismo blanco. Este domingo a primera hora, con el debate sobre la tibieza de Trump ante los radicales de derecha al rojo, su hija Ivanka Trump adoptó el papel de portavoz de lo que parece que a su padre por cuestiones de cálculo electoral le cuesta decir. 

Tuiteó Ivanka: "No debe haber lugar para el racismo en esta sociedad, el supremacismo blanco y los neonazis". Corto y claro.


Donald J. Trump ✔ @realDonaldTrump
We ALL must be united & condemn all that hate stands for. There is no place for this kind of violence in America. Lets come together as one!
14:19 - 12 ago. 2017
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El detonante de la violencia

La protesta y contraprotesta de este sábado fue la culminación de meses de tensión en Charlottesville por la decisión del Ayuntamiento, paralizada temporalmente por la justicia, de retirar un monumento de la Guerra Civil. Es el último ejemplo del revisionismo histórico que ha reabierto heridas raciales en los últimos años en el sur de EE UU.

El Ayuntamiento había declarado ilegal el acto antes de su inicio. Bajo el lema Unir a la derecha, cientos de miembros de la ultraderecha racista americana se preparaban para reunirse en el Parque de la Emancipación para protestar por el plan de retirada de una estatua en homenaje a Robert E. Lee (1807-1870), general del Ejército Confederado durante la Guerra Civil; la estatua ecuestre está en este mismo parque, que se llamaba Parque Lee antes de que el ayuntamiento lo renombrase en el proceso de debate sobre la retirada del bronce del comandante a caballo. Los extremistas de derecha reivindican como un símbolo histórico del poder blanco sureño que luchó contra los Estados del Norte sin éxito por mantener el sistema de esclavitud de los negros. Los defensores de la retirada de la estatua la consideran la preservación de un símbolo racista.

Los supremacistas blancos, incluidos elementos del Ku Klux Klan, mostraban banderas confederadas y coreaban consignas nazis. Al toparse en el parque con los contramanifestantes, entre ellos la agrupación antirracista Black Lives Matter (Las vidas negras importan), rompió la violencia, con los antidisturbios de por medio tratando de despejar la plaza en un ambiente de ira. En ambos bandos, había individuos pertrechado con cascos y palos. Hubo intercambios de golpes e incluso se utilizaron gases pimienta y lacrimógenos en las agresiones. El Gobierno estatal activó el estado de emergencia y desplegó un fuerte contingente de cuerpos antidisturbios y llamó a la Guardia Nacional, el Ejército de reserva del Estado.


"Mike Signer @MikeSigner
I am heartbroken that a life has been lost here. I urge all people of good will--go home.
16:16 - 12 ago. 2017
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Entre los asistentes a la marcha supremacista, estaba David Duke, el exlíder del Ku Klux Klan. Antes de los disturbios, Duke dijo a la prensa que los manifestantes “iban a cumplir las promesas de Donald Trump” de “recuperar de vuelta nuestro país”. Durante la campaña electoral, Duke elogió a Trump y el republicano rechazó inicialmente desmarcarse de ese apoyo, lo que le valió un alud de críticas.

El movimiento supremacista blanco, conformado por una constelación de distintos grupúsculos cuya presencia es más significativa en estados sureños como Virginia, ha experimentado un repunte de actividad y visibilidad en los últimos tiempos al calor de la controversia en torno a los planteamientos de corte xenófobo y nacionalistas de Trump.

El concepto de alt-right (derecha alternativa) ha salido de las cloacas y se ha afianzado en los últimos meses con el auge de Trump. El republicano ha lanzado guiños a la derecha racista, que se siente reforzada tras su éxito electoral por las coincidencias con su retórica contra la inmigración y la corrección política. El estratega jefe del presidente es Steve Bannon, un connotado agitador de la extrema derecha.

El suceso en Charlottesville, una localidad rodeada de colinas verdes y conocida por acoger la Universidad de Virginia, es el incidente racial más grave en sus siete meses de presidencia. Su pacata condena de lo sucedido, sin culpar a los racistas, indica que Trump se ha encontrado con un problema nuevo de doble filo: ¿cómo deslindar su verborrea políticamente incorrecta de la violencia atávica de algunos americanos que creen ver en sus discursos luz verde para romper el tablero político a puñetazos?